lunes, 2 de noviembre de 2009

CONSAGRACION DE LA PRIMAVERA. II PARTE

El frenesí de pensamientos y sensaciones lo disparó del suelo como poseso por un calambre y lo llevó a caminar sin percibir apenas los lugares por los que pasaba. Sus pasos frenéticos pronto se independizaron de sus pensamientos y su caminar angustioso deambulaba como queriendo encontrar algo que se halla más allá del camino: la visión global y completa de sus visiones. El pensamiento, que de dones no es avaro, sin embargo, encuentra su mortal transcurrir en el tiempo, sucesión, contigüidad de pensamientos en asociaciones multifórmicas que transcurren uno tras otro, entre más vívidos los pensamientos, más eclipsan las anteriores sensaciones y el ego, que no quiere abandonar sus conquistas, busca recordar lo ya pasado, oculto tras lo ahora vívido y las intuiciones de lo porvenir. Mario, frenético en su caminar, en su rostro encunaba la desesperación del perdido pues aunque verdades sin par se revelaban en su cabeza, una vez vistas inevitablemente se perdían, yuxtapuestas por otras verdades de igual intensidad y al final todas terminaban en pasto para el olvido, conquistas que la mente no quiere perder y que como un sabueso, rastrea en su trasegar de loco.
El Divino Platón afirmaba que la escritura propicia el olvido porque no es letra en el corazón inscrita. La comprensión, entendió siguiendo a los órficos, es un acto de intuición global, una sensación material de conquista que aúna la acción con la verdad y la transforma en una realidad de naturaleza tan perfecta, que es absolutamente insoportable y sólo cabe en ella la muerte o la escritura que impersonaliza el mensaje.
Esta verdad fue revelada en un sueño a Borges quien ante la inminencia de la locura prefirió escribirla en forma de parodia. Ahora Mario quien menos humilde quería abrazarla a manos llenas se acercaba peligrosamente a esa región oscura que conocemos como la locura, sus pasos, como en busca de salvación querían perderlo de sí mismo, pero no puede lograr nada aquello que no participa de la misma materia y el espíritu vagaba sin dejarse tocar mientras los pasos continuaban sin descanso, la mente perdida en su propio laberinto no reparó en que lentamente fue quedando atrás la ciudad y la luz disminuyendo, anunciaba la noche; Mario sin conciencia se introducía en un camino desierto que subía empinadas montañas.
La súbita conciencia de su estado no vino cuando sus piernas flaquearon y un temblor lo obligó a sentarse al lado del camino, vino cuando a unos pocos metros de él apenas distinguible por la luz de la luna, encontró su vista una rata agonizante, hinchada por algún veneno estaba inmóvil con sus ojos abiertos totalmente, tratando de hacerse invisible ante la cercanía del extraño. La figura de aquel animal repulsivo le produjo un ápice de compasión transido por el asco y miedo que le producía aquel animalejo; miró entonces en rededor y encontró que sus pasos lo habían llevado a un camino sin rumbo conocido, en medio de una montaña, la noche total sobre su cabeza y sin energía alguna para ponerse en pie.
Se miraron la rata y Mario durante algún tiempo, ambos temerosos el uno del otro. Ningún contacto sucedió, ninguno movía un ápice de su cuerpo previendo el inminente ataque, atrás los pensamientos alucinatorios de verdades totalizantes: los pies ardían, la noche de luna llena era fría y acentuaba como una cicatriz la soledad del yermo paraje.
Sin saber donde se encontraba acercó con cautela sus pies a su cuerpo ante la mirada atenta de la rata. Las medias estaban pegadas a su piel y al jalarlas se abrieron pequeñas llagas, el rojo brotó llamando al dolor. De soslayo mirando la rata de ojos rojos abiertos de par a par a la noche continuó sobándose los pies y quitándose las medias ante el creciente dolor rojo que le decía a gritos que no saldría de allí por sus propios medios.
Pasó algún tiempo y ya cediendo el dolor, familiarizándose con su aborrecible compañía hinchada, lamentó que todo lo revelado se fuese, como el río de Heráclito, y que sólo regresaría en pequeñas visiones distorsionado, o en sueños, el puente de otras dimensiones, pero aquella intensidad luminosa de la verdad era ahora sólo un añorado recuerdo. Quiso regresar a su solitario apartamento y acompañarse de las lecturas cotidianas que lo abrigaban como el fuego de sus letras oscuras, añorando que tal vez ellas devolverían el fulgor perdido pero, sólo y herido, en medio de una nada aún mayor por la ignorancia de su ubicación, hacía de su situación un incierto horizonte.
La noche cuan grande y oscura le motivó el sueño y quiso sinceramente entregarse en sus brazos reparadores esperando que la luz del día trajera consigo la esperanza del regreso, sin embargo, la cercanía de la rata enorme de ojos rojos no le permitía escapar del frío y el hambre con el beneficio de la inconsciencia. Pensó en arrastrarse y retirarse de la rata pero en cuanto se movía punzadas terribles subían de sus pies y la rata temiendo algún ataque levantaba con esfuerzo su cabeza y mostraba los dientes dispuesta a defenderse aún cuando nada tenía ya por perder pues la inequívoca muerte se acercaba peligrosamente a ella.
Decidió recogerse en un ovillo y pasar la noche allí, sin moverse, en vigilia perpetua mirando a los ojos de la rata y esperando juntos la desaparición definitiva de su compañero.
Pasarían algunas horas en esta misma posición cuando el sonido de un trueno lejano y constante comenzó a acercarse, pronto una luz pálida comenzó a hacerse más y más fuerte y el sonido inconfundible de un motor despertó en él la esperanza del regreso. Cuando comenzó a ponerse de en pie para ser visto, la rata se incorporó no sin un débil gemido por el esfuerzo. El camión con su rugir de tempestad hizo trepidar la tierra a su alrededor y la sonrisa que en Mario se dibujaba se encontró con una mirada de miedo indecible en la rata.
- Vete, le dijo, e hizo un ademán con el brazo para espantarla pero nada de eso ocurrió. La rata permanecía inmóvil en su angustia con los ojos desmesuradamente abiertos, en punta sus músculos y listos a responder pese al dolor transparente que la conducía a la muerte.
El camión entonces exhaló un último regido allí a su lado y se detuvo pesadamente. La rata ante la presencia desmesurada del nuevo extraño trató de moverse al monte pero un chillido agudo mostró que todo era inútil, no podía moverse. Mario contempló en silencio su desolación desamparada y no escuchó al conductor cuando le preguntó si estaba bien.
Allí, la rata, inmóvil muda solitaria, en medio de la noche oscura e infinita había sido su única compañía y sintió en su interior que tenía algún tipo de deuda con ella. El hombre de nuevo preguntó y el vaho del sudor acalorado llegó a su nariz, alzó la vista y se encontró con un rostro regordete sobre un brazo asomado en la ventana del camión. Algo en su interior se removió e hizo que sus pies desnudos se herraran al asfalto y se anclaran pétreos en su lugar. Sonrió
- Gracias, estoy bien, le dijo y correspondió a su mirada interrogante que veía a un hombre bien vestido con los pies descalzos y sangrantes en medio de la carretera, solitario como la noche oscura que lo cubría de estrellas en el cielo. Al final de un corto silencio el camión rugió e inició el lento movimiento de animal enorme y viejo dejándose caer por el camino.
El hombre miró nuevamente la rata quien no despegaba sus ojos rojos y asustados de su humanidad. Sintiendo mayor seguridad de la que había sentido en toda su vida se fue sentando lentamente, se colocó las medias no sin ardor, los zapatos, y se dispuso a esperar, ambos mirándose a los ojos, que la noche pasara, que toda la explosión de estrellas siguiera su rumbo cayendo por el firmamento y trajese el adiós definitivo que ocurrió algunas horas después.
Los ojos de la rata de un miedo expectante fueron cerrándose poco a poco llenándose de alguna forma de placidez, el fin se acercaba y fue llenando el lugar de un sopor sin tiempo hasta que los ojos se cerraron definitivamente y para siempre. Ya la mañana despuntaba tras el firmamento y esperó un poco, venciendo el asco acercó su mano lentamente hasta tocar su pelaje que acarició con la superficie de los dedos y luego alzó al animal que nunca entendería que aquel que lo espantaba estaba velando su partida.
Quiso decir algo mientras la enterraba en un hueco que abrió con una piedra al lado del camino, algo que resumiera todo lo vivido, la enseñanza última y definitiva pero sólo recordó unos versos de juvenal

Scire volunt omnes, mercedem solvere nemo

Aquel hombre solitario y errabundo que había rechazado las delicias del hogar, la secreta confidencia de la amistad, aquel hombre prejuicioso y elitista intelectual, comprendió el sentido último de su visión, comprendió el lugar que buscan insidiosos sus pasos, la verdad más simple y esencial: la necesidad del regreso. El Divino Platón lo vería en su Caverna, la verdad encuentra su sentido cuando se está en la oscuridad.
Mario levantó la vista al camino que serpenteaba solitario hacia la ciudad, apoyó sus pies sobre el suelo y sintió una leve tregua en el dolor; se puso en pie y lentamente se acercó a una roca desnuda, abierta en la tierra al lado de la vía, y escribió con la poca luz del amanecer, sin mirar apenas lo que escribía

Abre la flor
De la negra tierra los colores
Puente de arcoíris al cielo

Y sin voltear a mirar para releerlo se alejó cojeando esperando la llegada del nuevo día.

[Cómo siguiente tema propongo el desarraigo]

Libardo

4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. La belleza sonríe
    en inesperados lugares

    Y hay dioses por doquier
    amparando las cosas todas

    La rojiza mirada de una rata
    Nos revela el Secreto

    Y su muerte nos eleva
    Hacia alturas divinas


    Nos queda debiendo la traducción de las citas... muy bellas imágenes, profundo y bastante sugestivo. Qué buen texto

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  3. Un muy buen texto para una mañana llena de pesadumbres,creo que Libardo ha encontrado una verdad siniestra en su estilo narrativo. Siendo más coloquial, Felicitaciones.

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  4. Los anteriores elogios son dicientes. Me gusta la claridad, la sencillez, tal vez debido al género mayor que en los poemas, tratándose de un tema difícil por su complejidad. Un texto muy bello, cuya verdad adhiero de corazón. La rata y la oscuridad, sin duda dos fuentes de hermosos colores. Y también la tierra, de la que emergen las flores, como puente a la trascendencia...

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