A la memoria del olvido.
Creyó por un momento que podría huir de sí mismo, como quien huye de una plaga y se arranca la piel e intentó arrancarse el lúpulo purpúreo que brotaba de sí y lo consiguió con mucho dolor y luego intentó arrancarse los recuerdos y no pudo. Se arrancó el cabello, se golpeó en la sien, se picó los ojos pero todos sus recuerdos eran inamovibles. Descubrió en frente de sí a un ave que tenía atorada una patita en la rama minúscula de un árbol enorme y sintió una pesadumbre tal que se levantó con mucho esfuerzo y tomó una rama que se encontraba caída a su paso y asesinó siniestramente al pajarillo. Pensó entonces que quería, definitivamente, que llegase dios o que en los libros de las pitonisas que le vieron nacer estuviese escrita su muerte con un “ramaso” en la cabeza que le borrara sus recuerdos.
Subió a una montaña alejada del mundo y como Zaratustra se puso a hablar con su sombra que podía ser más fértil que sí mismo. Reconoció sin mucho esfuerzo sus abominaciones más profundas, sus miedos sobre el abandono y aunque se sabía abandonado como la larva de una mariposa en la selva se aferró a la esperanza a salir de sus laberintos, de sus intrincados recuerdos que le atormentaban diariamente. Y fue allí, en ese intersticio de la tierra de nadie donde empezó a tener la pesadilla diabólica de caminar descalzo sobre fuego para luego incinerarse en un soplo letal, tanto así que despertaba sudoroso, con los ojos hirvientes de llamas y con un sonido particular en los oídos que le hacía doler la cabeza. Supo entonces, que el agua le salvaría de la locura cuando vio caer muy cerca de sí una gran tormenta que arrastraba toda forma viva y no viva por su paso, así que decidió arrojarse a la inmensidad de la lluvia continental y esperar a que fuera llevado muy lejos y se convirtiera en nube o en yuyo o en heliotropo.
Al comprobar que no podía derrotar a la muerte bajó de la montaña y ni siquiera encontró moscas con las cuales entablar una conversación. Meditabundo caminó hasta la ciudad y observó que la gente tampoco hablaba sino que se comunicaban por medio de un intercambio de dinero por objetos o por alimentos. Nunca sintió hambre hasta que vio a una niña desplumar a un pajarillo, quiso rapárselo de las manos pero los colores del plumaje del pajarillo le hicieron arrepentir. Nunca se vistió con mejores trajes que con los que encontró en la plaza central de un pueblo pues tenían manchas se sangre que avivaban la sombra del hombre.
Se sintió libre cuando no recordó donde estaba ni para dónde iba. Comprendió entonces que el futuro es una forma de olvido y que entonces todos los hombres están condenados a olvidar todo aquello que serán y que de la misma manera así como el olvido es un vacío, el hombre es el sustento de ese vacío. ¿De qué se llenará el vacío?, se preguntó conmocionado por la verdad que acababa de descubrir. Caminó despacio y encontró una vivienda inhóspita y carcomida por el tiempo, descubrió unas semillas de calabacín en una alacena y las sembró con amor. Al cabo de una semana, cuando las semillas hubieron dado sus frutos, tomó un calabacín entre sus manos y se lo tragó entero y mientras lloraba vio a un ave pasar por los cielos.
El olvido como la propiedad mágica de la felicidad.
ResponderEliminarLos dones nos son dados cuando no esperamos más que a nosotros mismos en lo que hacemos, tal es el único premio que ofrece el arte.
El ave atrapada que busca emprender el vuelo, el anhelo de libertad destruido por el mismo odio de no conseguirlo.
Muy sugestivo su texto.
A imitación de Cornelio:
ResponderEliminarLa pesadumbre de la insatisfacción, una sucesión de eventos poéticos en su profundo sinsentido, el olvido como máxima expresión de ese sinsentido, el pasar del tiempo como prolongación de una futilidad que en un momento dado trae el sosiego, y así en un ciclo sin fin...
Su texto es una victoria en la medida en que escapa a una comprensión clara. Es un símbolo rico en imágenes, quizá el más poético de todos, por su oscuridad.