martes, 10 de noviembre de 2009

Se apretó con fuerza el estómago

                Ser un hombre de rio con el alma anegada
                                                           Gómez Jattin 

Se apretó con fuerza el estómago esperando que este pequeño acto de rabia y desesperación atenuara el dolor abrasivo que le consumía las entrañas. Continuó caminando, pequeñas gotas de sudor frío brotaban de su cien, frente a él, erguido imponente, el edificio reclamando el respeto y el miedo que inspiran sus moradores. Miró el reloj, estaba a tiempo, caminar rápido acrecienta el dolor y no quería indisponerse frente a ellos, necesitaba como del aire mismo que le aprobaran el contrato, no para él, sino para los que quedarían tras su partida.

En la fachada del edificio los bravos guardianes con sus perros como una extensión de su inmisericordia. Subió poco a poco los peldaños de las escaleras y vio aparecer su figura en los relucientes vidrios de la fachada, su piel tenía el color cetrino de la madera vieja y en sus ojos asomaba el dolor y la desesperación que lo consumen.

Se dejó registrar sin mirar sus verdugos, el ascensor estaba a punto de bajar, se acercó sin fatigarse, tomando aire pausadamente y al abrirse lo recibió un espejo en el que lo miraba un hombre canoso, ya poblado su rostro de arrugas, de vestido negro impecable y no pudo dejar de pensar que así como se veía quería verse en la tumba. Miró sus zapatos relucientes y apretó el portafolio de cuero en su mano que consideraba, le daba un cierto aire de importancia.

Lo guió apenas sin mirarlo hasta la oficina del gran hombre la secretaria empacada en un delicado vestido rojo que insinuaba sus curvas, golpeó la puerta

- El señor Salazar, dijo con la voz falsa que impone el respeto y pegó su oído a la puerta bajando la mirada.

- Adelante!, bramó una voz gruesa que retumbó en la que seguro era una enorme estancia.

La secretaria, recibida la orden, abrió la pesada puerta de roble permitiendo su entrada; respiró profundo y sonrió amablemente franqueando la entrada con paso decidido.

En efecto, eran cerca de veinte pasos desde la puerta hasta un escritorio enorme que podría sin inmutarse recibir el impacto de una bomba. Estiró la mano por encima del escritorio dirigiendo un saludo pero el hombre enormemente gordo que estaba al otro lado del escritorio sin responder el saludo bramó

- Siéntese usted.

Salazar se sentó borrando lentamente la sonrisa en sus labios esperando no se trasparentase su disgusto. La estancia fría lo hizo recordar el hospital, el cual seguro en unos días lo esperaba.

- Hable usted, volvió a bramar, mirándolo fijamente como si más que medirlo lo estuviese juzgando.

- Vengo de la oficina de Seguros Bolívar y traigo…

- ¡Eso ya lo sé!, gritó con impaciencia aquel extraño ser enorme.

Sintió una ingravidez en su estómago y alejó de su mente la idea de un inminente fracaso, nada tenía y nada dejaría; sonrió angustiado ante el impasible rostro de su anfitrión.

- Sucede Doctor, que Seguros Bolívar le ofrece una póliza de seguros con cobertura total y a un precio que ninguna otra empresa puede asegurarle.

Alzó su portafolios para apoyarlo sobre el escritorio pero la mirada de disgusto que los enormes ojos proyectaron al ver aquel elemento de viejo cuero lo hicieron desistir de hacerlo y terminó llevándolo a sus piernas. Los papeles que iba a sacar resbalaron un poco y el esfuerzo que hizo para impedir su caída le produjo un dolor eléctrico que le crispó el rostro y tensionó los músculos haciendo que los papeles se desparramaran con violencia por la estancia.

Ante la mirada impávida de su anfitrión, Salazar se levantó del asiento para recoger sus papeles sonriéndole nerviosamente a ese rostro sin misericordia que logra en algunos hombres el poder sin medida y, aguantando, el deseo de cogerse a puños el estómago para sacárselo y hacer desaparecer el dolor, comenzó a caminar por la enorme estancia recogiendo los papeles mientras aquel hombre miraba fijamente cada una de sus acciones.

Colocó los papeles sobre el escritorio, los organizó cuidando de dominar su nerviosismo e inició la explicación de su oferta. Con el dedo hacía hincapié en algunas observaciones que esperaba el hombre observara pero aquellos ojos desproporcionados no dejaban de mirarlo al rostro solazándose de su posición de superioridad y Salazar tuvo que leer él mismo y explicarle las gráficas a un hombre que más parecía la encarnación de la indolencia.

- Gracias pero no me interesa.

Interrumpió su explicación aquel bramido de hombre fofo y virulento. Salazar lo miró al rostro algo desorientado, buscando palabras para echar atrás aquella sentencia y cuando abrió los labios para decir algo, el dedo regordete oprimió un botón en el alto parlante

- El señor Salazar ya se retira, gritó, a lo que inmediatamente unos pasos comenzaron a acercarse hasta llegar a la puerta y abrirla, por ella se asomó el rostro de la joven secretaria

- Por favor, acompáñeme, le dijo esta vez mirándolo a la cara y señalándole con la mano el pasillo.

Salazar guardó sus papeles y miró con seriedad al hombre tras el escritorio pero este rostro fofo ya había bajado la vista a unos documentos que tenía sobre el escritorio haciendo como si no existiera quien antes le hablaba. Cerró el portafolios y quiso gritarle hijo de puta con toda el alma y luego romper a puños esa bonita cara que lo apuraba con gestos desde la puerta pero terminó de recoger sus cosas sin dejar de emitir una estúpida sonrisilla

- Gracias, dijo con un hilo de voz y pensando para sus adentros tranquilo, mañana es otro día, mientras se retiraba lentamente esperando que el cáncer de estómago no lo fulminara en cualquier momento.

1 comentario:

  1. Es de sus textos el que más me ha impactado. Me gusta el estilo directo y sencillo. Está muy bien logrado y el final es del putas. Somos algo miserias, ¿lo habían notado? je, je

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