viernes, 4 de diciembre de 2009

INSOMNIO

Su cabello se hizo de fuego cuando presintió el cataclismo sin embargo caminó con la cabeza gacha y las manos dentro de sus bolsillos porque supo que aquella predestinación nefasta le traería el dolor más grande que un hombre pudiese soportar. Al entrar a la cabaña macilenta escuchó como al fondo se quejaba aquella mujer por la que todo hubo abandonado y por la que todo hubo dado. Sabía que moriría porque ni siquiera lo reconoció al verlo delante de la cama desvencijada. Con amargura sonrío y creyó haberle dicho tranquila, todo estará bien, pero de su garganta solo nacía el espanto como un gruñido de perro herido. Se acercó lo más que pudo y tomó una de sus manos sintiendo como el frío abominable de sus huesos le penetraba hasta el alma. Al mirarla fijamente a los ojos y al encontrarlos vidriosos y perdidos se sumió en una tristeza tan profunda que lo único que atinó a hacer fue a quitarle lentamente la ropa y quitársela él. Al quedar desnudo se dio cuenta que todos los bellos de su cuerpo habían cambiado de color y ahora parecían una hoguera inapagable. Al divisar en la mesa una botella de ron se dirigió hasta ella y bebió gran parte de su contenido. Su mujer tiritaba tendida en la cama desnuda por el frío y al verlo venir levemente abrió sus brazos y sus piernas, él que apenas podía caminar por el peso de las culpas y de las tristezas se dio cuenta que no sufriría una erección así no más y recordó el día en que ella, la que se postraba moribunda bajo su cuerpo, le pidió el favor de hacerle el amor mientras moría y si no podía en aquel preciso instante debería hacerlo recién muerta.
La conoció con una máscara puesta el día del carnaval de su pueblo en conmemoración a los muertos. Bailaron pasada la media noche, después del toque de la campana y se enamoraron ciegamente ya que se vieron los rostros húmedos y deshechos por el placer la mañana siguiente en que por fin se quitaron las máscaras y aunque los pronósticos de ese amor desigual y perfecto era terminal, lucharon en contra de los prejuicios y de las dignidades ajenas para hacer de sus vidas un espacio bello en el universo y de sus cuerpos unos momentos eternos de la felicidad. Así fue como él recurrió a la magia negra y por ser anciano de nacimiento venderle su alma al espíritu inmundo y maligno de Asmodeo (“En el libro de Tobías aparece el nombre de un demonio: Asmodeo (del persa Aaesma daeva) que significaría "espíritu de cólera") quien le concedió el don de la juventud siempre y cuando mantuviera viva la llama de la existencia, ya que nada encolerizaba más a este espantoso demonio que el devaneo o el desgano por la vida y antes de ella su vida, la de él, era una vida pueril y triste que se sumergía se hondonadas de espanto por el temor a la vejez y a la soledad como consecuencia de su ser. Así que cuando Asmodeo realizó el encanto le dejó claro que el día en que perdiera su gusto por la vida su corazón dejaría de segregar sangre, pero que seguiría vivo por toda la eternidad llevando el color de su sangre en la cabeza para que sintiera cuan siniestro es llevar el corazón del hombre a vista de todos los demás hombres, él en aquel momento lloró de la felicidad por ver su sueño cumplido y al mirar su reflejo en las aguas del río sintióse de nuevo joven y feliz por poder brindarle su vida a aquella hermosa mujer que le entregó su conmiseración y cariño.
Enfermó el día en que él se quedó embriagándose en el prostíbulo del pueblo ya que le estuvo esperando por varias horas durante la madrugada en el umbral de la cabaña, así que una fuerte tosferina le atacó directamente en los pulmones arrojándola a la cama de donde sabía no se recuperaría. Al regresar a la casa, ebrio y agitado, la desnudó nuevamente y la sacó a la vereda para gritarle improperios como “ramera o bruja” y ella llorando y tosiendo por la tos y el espanto le miró a los ojos y le decía que le amaba. Al despertar su mujer se encontraba delirante hirviendo por la fiebre, así que se levantó y corrió hasta el bosque donde invocó a Asmodeo para que le ayudara a lo que saliendo del fango el demonio le dijo ahora eres un fantasma y nadie podrá ayudarte divagarás por las calles y nadie sabrá quién eres, solo se verán tus cabellos resplandecer con su color rojo por donde vayas y será ese tu castigo, él se dio media vuelta y salió corriendo por entre los campos de trigo sintiendo que no solo le perseguía el demonio sino la muerte y la desilusión y que su lucha no era en contra de su destino que ya estaba escrito sobre las rocas más profundas del volcán que se alzaba en la lontananza sino en contra de la desventura de querer luchar en contra de lo irremediable y que por solo un poco de felicidad hubo desperdigado toda su eternidad. Al llegar al pueblo todo fue como lo predijo el maligno y nadie le veía y traspasaba las paredes y cuando hablaba nadie le escuchaba.
Todos en el pueblo vieron correr entre los campos de trigo a aquel hombre de cabellos de fuego que se dirigía moribundo al pueblo a buscar al médico para que le salvara del insomnio.

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