Yo, que tanto me quejo de la rutina y de la monotonía, busco desesperadamente puertas o laberintos ocultos que me transporten a otro aire, a otro mundo. Antes lo lograban los cantos de los pájaros por la mañana, que cada día son más y más escasos y débiles, o los conciertos de Bach o alguna inspirada frase del libro que me ocupara en el momento. Ahora, lleno de preocupaciones y viviendo una vida de 'adulto', esa vida a la que me fueron dirigiendo mis mayores desde el momento en que nací, y que ahora repudio, poco tiempo tengo para conmoverme y contemplar la belleza del Universo.
Todo se ha reducido al reloj. El tiempo, que siempre me pareció un misterio y un ser inefable, se encarna ahora en un horario. De esa manera, impúnemente, ha perdido su intrigante encanto. La vida transcurre entre buses y palabras, entre formatos y timbres, y firmas, y reuniones de trabajo, y jefes malhumorados y avaros. Ese increíble dios, Cronos, ya no es un dios sino una máquina, tan perfecta y esquemática como el reloj que reposa en mi muñeca.
Es en momentos así que pienso que la poesía está muerta y que, en realidad, la libertad no existe y todos somos esclavos, de nosotros mismos, del dinero y del vacío.
Pero pareciera que la vida no quiere morir. Y sin darme cuenta, como una mensajera del cielo, llega la lluvia para sacudirme, sacudirnos a todos y quitarnos las lagañas de los ojos. Más allá de la humedad, de los zapatos rotos y empapados, del frío en los dedos y los calzones emparamados, es posible, con oído atento, escuchar una melodía de antes de los arcos y las flechas. Se adentra, sigilosa, una nostalgia de un mundo ya perdido, el aliento y el murmullo de la naturaleza, de los dioses orgánicos, vivos y escondidos de los primeros hombres. El recuerdo vago y lejano del océano primigenio, de la humedad original. Del vientre materno y de los cuidados de la madre. De mi pasado animal. El ritmo de la lluvia, aparentemente azaroso pero esencialmente bello, es tan fuerte y tan firme que rompe los esquemas de mi vida y me hace momentáneamente un niño. El agua en mi cara, en mi pelo y en mi alma, se lleva consigo todas las máscaras que me aprisionan. Puedo, después de una eternidad, respirar aire puro.
Esta sensación dura lo que dura la lluvia. Y al sentir nuevamente al tiempo en su forma más pura, puedo afirmar que dura todo el tiempo que ha transcurrido en el Universo. Un instante infinito, que no se desvanecerá a menos que yo lo permita.
La lluvia, esa purificadora ancestral que me eleva de nuevo a las altas esferas de la ensoñación y la fantasía.
Todo se ha reducido al reloj. El tiempo, que siempre me pareció un misterio y un ser inefable, se encarna ahora en un horario. De esa manera, impúnemente, ha perdido su intrigante encanto. La vida transcurre entre buses y palabras, entre formatos y timbres, y firmas, y reuniones de trabajo, y jefes malhumorados y avaros. Ese increíble dios, Cronos, ya no es un dios sino una máquina, tan perfecta y esquemática como el reloj que reposa en mi muñeca.
Es en momentos así que pienso que la poesía está muerta y que, en realidad, la libertad no existe y todos somos esclavos, de nosotros mismos, del dinero y del vacío.
Pero pareciera que la vida no quiere morir. Y sin darme cuenta, como una mensajera del cielo, llega la lluvia para sacudirme, sacudirnos a todos y quitarnos las lagañas de los ojos. Más allá de la humedad, de los zapatos rotos y empapados, del frío en los dedos y los calzones emparamados, es posible, con oído atento, escuchar una melodía de antes de los arcos y las flechas. Se adentra, sigilosa, una nostalgia de un mundo ya perdido, el aliento y el murmullo de la naturaleza, de los dioses orgánicos, vivos y escondidos de los primeros hombres. El recuerdo vago y lejano del océano primigenio, de la humedad original. Del vientre materno y de los cuidados de la madre. De mi pasado animal. El ritmo de la lluvia, aparentemente azaroso pero esencialmente bello, es tan fuerte y tan firme que rompe los esquemas de mi vida y me hace momentáneamente un niño. El agua en mi cara, en mi pelo y en mi alma, se lleva consigo todas las máscaras que me aprisionan. Puedo, después de una eternidad, respirar aire puro.
Esta sensación dura lo que dura la lluvia. Y al sentir nuevamente al tiempo en su forma más pura, puedo afirmar que dura todo el tiempo que ha transcurrido en el Universo. Un instante infinito, que no se desvanecerá a menos que yo lo permita.
La lluvia, esa purificadora ancestral que me eleva de nuevo a las altas esferas de la ensoñación y la fantasía.
Una palabra para tu prosa magistral, amigo indudablmente miseRable, a quien me es preciso acercarme de nuevo, pues extraño esa poesía negra, je, je:
ResponderEliminarCONMOVEDOR
Cárcel en mí mismo
ResponderEliminarDeambulo por los miedos, un grito abordo preso en mí mismo
Laberinto, Fausto de bruces abiertas al viento
Deambulo preso en mí mismo
La maquinita me salva
El tiempo del hombre que me ocupa
Que me nombra y me ubica, me da un lugar
Que me etiqueta y me exige responder
Mira y aprueba, rechaza y actúa
Soy solo, cárcel preso a bordo de mi angustia
En mí mismo naufragio y pesadilla
Hasta la maquinita en la muñeca salvo
El clock clock hace el día, la luz, el nombre asignado me guía
Las vidas que exigen mí respuesta
Salvo en su presencia de la sombra de mí mismo
Abordo preso solitario, patria en la angustia del silencio
El mundo que me exige salva de mí el trueno de mi reflejo
Envío:
Arrójame a la luz que no veo
Piérdeme de mí mismo
Quiero de mí olvidarme
Vivir bajo la lluvia como el cualquier hombre