Por: Naga
Dedicado al músico, al poeta, al amigo,
a ese que nuestras bromas volvieron negro
También creció su nostalgia por un tiempo menos delirante. Añoranza de tantos ayeres esquematizados en los que deambulaba completamente al tanto de su libertad. ¿Libertad? Estaba ella, aplazando indefinidamente el momento en que él, finalmente, podría amar; estaba el ocio, mostrándole cuan fútiles eran sus empresas: por eso caminaba; estaban la yerba, el cigarro y el licor, mostrándole cuan insoportables le resultaban los momentos consigo mismo. Entonces se juzgaba libre, no como ahora.
Miró al demonio. En verdad tenía sabor, razón en ser tan jactancioso. Por sus venas fluía, sin duda, la sangre del Pacífico, que, por memoria, era también sangre de las selvas y sabanas africanas, madres estas que, eones atrás, habían parido mellizos: la música y el hombre. Si algo confirmaba el don de aquel demonio, eran sus magistrales composiciones de Blues, varón melancólico, hermano de la música festiva. Atónito comprobó cómo el demonio sonaba más a él que él mismo, al interpretar el puñado de canciones que había compuesto y que constituían su mayor orgullo. Basándose en en sus conocimientos sobre magia, supuso esta otra treta del burlón, afamado por hacer que los mortales dudaran de sus personalidades.
No obstante, era incómodo sentir que no era y se preguntaba cuánto duraría el juego. La sospecha de insignificancia le quemaba el pecho, era eso lo que había rehusado y seguía rehusando aceptar. Para colmo, jamás había intentado un exorcismo, su aproximación a las artes oscuras había sido sólo una cuestión de erudición.
Así estaba: viendo enceguecido un muro infranqueable, sintiéndose mugre frente a semejante edificación, cuya razón de ser, sin embargo, era esa infame mota de polvo que era él; fútil era procurar comprensión de la incomprensión, pues sabía aquello el porqué de su enigmática situación. Esperaba sentado. Se preguntó si alguna vez había tenido más que su voluntad y su resolución; se preguntó, si jamás había tenido destino, que importaba un obstáculo, un aparente imposible, una ecuación sin solución; se preguntó si acaso el muro no lo habría estado esperando.
Viose entonces ante una nueva coyuntura, uno de esos instantes definitivos. Supo sin saber, como es todo lo intuitivo, todo lo intempestivo, que debía caminar hacia el concreto imponente cual si éste no estuviese ahí. Tal cual había sospechado, atravesó el portal. El trayecto fue otra suerte de epifanía: vio todas las decisiones que, aún queriendo, no tomó, no sólo en sus caminatas, sino en dviersos momentos de su vida; vio en cada una de ellas el muro y cómo lo había estado evitando.
Al otro lado había un arco iris nocturno, anunciando una primavera más bien otoñal, hermosas flores sin pétalos y un universo extrañamente bellísimo, mortecino, despojado de idílicos disfraces.
Supo entonces que no había marcha atrás, que el muro siempre estaría ahí, alimentando su resolución con la amenazadora advertencia de lo imposible, que las cosas serían desde ahora más impactantes en todo sentido, y por primera vez tuvo una certeza, la única que le quedaba y que tendría en adelante: quizá algún día sería libre.
De pie, firme, en el centro del laberinto, supo que aquello no era un dilema, pues, como mencionó Borges en uno de sus textos, evocando algún místico antiguo, uno de esos que él había compadecido, el centro está en todas partes.
Como habrá sospechado el lector, no fue necesario un exorcismo: el primer espejo que halló en su nuevo mundo, una magnífica obra de obsidiana pulida, le mostró al demonio, a ese que con irrespetuosa genialidad manosea melodías y letras y compone magníficos Blues.
martes, 27 de octubre de 2009
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El muro como lo imposible que es sólo posibilidad infinita: nosotros mismos frente al espejo, el mesaje último y más íntimo, me gusta mucho la idea.
ResponderEliminarUn final alternativo: Al depertar el muro seguía allí y le dolía la nariz ensangrentada por el fuerte porrazo.